La batalla de ideas y el discurso de Fidel en el VIII Congreso de la UJC

El término militar “batalla de ideas”, que designa el combate entre dos ejércitos, se empleó en Cuba para sustituir el debate, cuyas premisas — coexistencia, libertad de expresión, igualdad de oportunidades y respeto al diferente—, son contrarias a la guerra.

 

La batalla de ideas surgió en 1999, durante el litigio por el niño Elián González Brotons . La patria potestad correspondía legalmente al padre, que 18 permaneció en Cuba; sin embargo, en lugar de buscarse una solución apegada al derecho, la cuestión se utilizó para fines políticos, debido a las relaciones conflictivas entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. El gobierno cubano desató una campaña compuesta de marchas combatientes, “debates televisivos”, consignas, actos públicos —conocidos como tribunas abiertas— en todos los municipios del país, que ocuparon los principales espacios informativos para mantener a la población en estado político-movilizativo permanente.

 

El método no era nuevo. Sus antecedentes están en otras tantas “batallas” como las libradas contra el analfabetismo, el dengue, las conductas delictivas, o por el sexto y el noveno grado, la universalización de la enseñanza, la zafra de los diez millones de toneladas de azúcar, por solo citar siete de ellas.

 

La relación de la batalla de ideas con la educación, que es nuestro interés, consiste en que ésta última, forjadora y trasmisora de cultura, nutre a la persona con una formación integral, mientras la instrucción, que es uno de sus componentes, se emplea para capacitar o adiestrar en un tipo específico de labor. Cuando la educación se subordina a la ideología del poder, la instrucción deviene mecanismo de adoctrinamiento. La Cuba después de 1959 lo confirma.

 

Aunque no les fuera ajena a los revolucionarios, la educación no estaba inicialmente entre los cinco principales problemas enunciados en la Historia me absolverá , pero una vez llegados al poder, esta pasó a ocupar los primeros 19 planos. El orden del proceso, grosso modo, fue el siguiente:

  • Enero de 1959: comenzó la alfabetización de los miembros del Ejército Rebelde;

  • Diciembre de 1959: se promulgó la Ley de Reforma Integral de la Enseñanza, que estableció los niveles de estudio del sistema nacional de educación y la obligatoriedad de la enseñanza hasta el sexto grado;

  • Finales de 1960: comenzó la alfabetización por las provincias de Oriente, Las Villas y Pinar del Río y se inauguraron planes similares como el de la escuela de corte y costura, para formar jóvenes campesinas como agentes de cambio en las zonas rurales;

  • Abril de 1961: se interrumpieron las actividades docentes por espacio de nueve meses para impulsar la Campaña de Alfabetización;

  • Junio de 1961: se promulgó la Ley de Nacionalización General y Gratuita de la Enseñanza —que sentó los cimientos institucionales del totalitarismo en la educación—, y unos días después, el líder de la revolución pronunció el discurso conocido como Palabras a los Intelectuales, con el que se establecieron las reglas del juego: “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución ningún derecho”;

  • Enero de 1962: se promulgó la Ley de Reforma de la Enseñanza Superior en Cuba, con la cual despareció la autonomía universitaria.

Culminado el desmontaje de la institucionalidad cívica que existía en la República, la educación quedó bajo el control absoluto del Estado. El adoctrinamiento ideológico iniciado en 1961 con las Escuelas de Instrucción Revolucionaria se extendió a todo el sistema educativo. El terreno quedó listo para la conversión del ciudadano en masa y el control total sobre la sociedad.

 

El sistema educacional instaurado se empleó reiteradamente para la defensa del modelo totalitario. Así, en 1971, resultado del apoyo del gobierno cubano a la invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas y del proceso seguido contra el poeta Heberto Padilla, afloraron contradicciones con un sector de intelectuales de izquierda que apoyaban a la revolución. Para imponer su política, desechar a los intelectuales molestos y subordinar a los restantes, el Congreso Nacional de Educación, celebrado ese mismo año, fue convertido en Congreso Nacional de Educación y Cultura . Con ello, los maestros devinieron 20 trasmisores de los contenidos cognoscitivos e ideológicos que se generan desde el Partido Comunista y paradigmas del intelectual revolucionario.

 

El resultado quedó refrendado en 1975, en la Plataforma Programática del Partido Comunista de Cuba (PCC), donde la política educacional se fundamentó en la concepción marxista-leninista y en los principios ideológicos y morales del comunismo.

Irremediablemente, las múltiples señales de inviabilidad del modelo implantado, ajeno a las leyes que rigen los fenómenos económicos, estremecieron sus cimientos. El derrumbe de la Unión Soviética, en 1989, provocó, en ausencia de una economía doméstica eficiente, un drástico empeoramiento en las condiciones de vida del pueblo: las cifras de graduados universitarios y de nivel tecnológico se contrajeron, el empeoramiento de las condiciones de estudio y trabajo en los internados rurales provocaron la deserción de grandes masas de estudiantes y profesores, y decenas de escuelas construidas en el campo tuvieron que ser abandonadas.

 

Aquel experimento voluntarista de hacer de Cuba “el país más culto del planeta” (Celaya, 2003) se fue a bolina. El escenario caracterizado por la desesperanza, la falta de libertades y la influencia de la Perestroika soviética, debilitó las bases de apoyo al gobierno. En 1999, al igual que en 1971, la educación se utilizó para tratar de recuperar el espacio perdido. Después de impuesta la ideología, correspondía convertirla en un tipo de religión sin contenido espiritual, como medio de dominación mediante el adoctrinamiento.

 

Las pruebas están contenidas en el discurso de Fidel Castro, el 5 de diciembre de 2004, en el VIII Congreso de la UJC, donde resumió lo ocurrido y trazó la nueva estrategia. En esa ocasión, citando discursos anteriores, entre otras cosas, dijo:

Hay que trabajar con los ciudadanos en concreto, uno a uno; no es solo el trabajo a través de la prensa y de la televisión, o de las conferencias, o de los mítines políticos. El trabajo de convencer y persuadir a los seres humanos uno por uno es histórico. Las religiones se crearon de esa forma y han durado miles de años.

El propósito era pertrechar de la ideología a los cuadros y convertirlos en un ejército encabezado por el Partido Comunista para librar una gran batalla: adoctrinar a la juventud y a todo el pueblo:

Hay que reunirse, en medio de la batalla, con la tropa elite para debatir, analizar, profundizar, trazar planes, estrategias, abordar temas y elaborar ideas, como cuando se reúne el estado mayor de un ejército... Tenemos que pertrechar de ideas a nuestros cuadros, para que ellos, a su vez, las vayan transmitiendo a toda la juventud y a todo el pueblo... Vuelvo a asociar la idea de esta lucha a una gran batalla que libra un ejército de vanguardia, una tropa elite de la Revolución. Ubico en primer lugar la Revolución y el Partido, que son al fin y al cabo la misma cosa.

Por supuesto, esas ideas impuestas, mediante una batalla, se limitan a la ideología comunista, la cual, según sus planes, constituiría la base del triunfo a nivel mundial. Es decir, la nueva religión no se limitaría a los nacionales, sino que se extendería por todo el planeta: “Sin las tareas que ustedes tienen que cumplir, sin el trabajo que ustedes van a realizar —y lo van a realizar, no tengo la menor duda, de forma absolutamente exitosa—, no se podría hablar de lo que soñamos, no solo para nuestros compatriotas sino para todos los habitantes de este planeta”.

 

La primera manifestación práctica de la Batalla de Ideas por el “rescate de Elián” tuvo lugar en el mismo diciembre de 1999. Fue una protesta ante la Oficina de Intereses de Estados Unidos, realizada “espontáneamente” por los mil miembros de las Brigadas Técnicas Juveniles que estaban reunidos en una conferencia nacional. Acto seguido, la UJC puso en marcha cientos de programas a los que el líder —según sus palabras— dedicó “más de siete mil horas de provechoso e inolvidable esfuerzo”.

 

La dimensión de la “batalla” y de los recursos empleados se puede representar con algunos de sus datos:

Se formaron miles de maestros “emergentes”; se mejoró la alimentación en las escuelas que tenían servicio de almuerzo y los estudiantes de Secundaria Básica recibieron merienda escolar o almuerzo; en las escuelas secundarias básicas se nombró un profesor general integral para cada quince alumnos, que impartía todas las materias excepto Inglés y Educación Física; se creó un contingente de jóvenes graduados como Trabajadores Sociales para apoyar todos los Consejos Populares del país; se inauguraron miles de salas de televisión; los Joven Club formaron decenas de miles de técnicos de computación; se adquirieron dos nuevas y modernas imprentas; se construyeron o ampliaron miles de obras de educación, salud y de instituciones culturales; se compró un millón de televisores a China; se crearon dos nuevos canales educativos; unos diez millones novecientos mil (10.900.000) cubanos participaron en las 161 Tribunas Abiertas y otro tanto en las dieciocho (18) marchas efectuadas; se realizaron mil treinta mesas (1.030) redondas y se creó el súper ministerio de la Batalla de Ideas, que manejaba más recursos que cualquier otro ministerio.

Datos demostrativos de que el control totalitario lo puede todo, pero a la vez lo destruye todo, y de que es imposible sostener un proyecto tan costoso, dependiendo de subvenciones externas en lugar de generar una economía autónoma.

 

El proceso descrito dio la razón al ilustre Enrique José Varona, quien expresó: “De todos los monopolios artificiales ninguno es más pernicioso que el de la instrucción. Y el monopolio existe, ya pretenda ejercerlo un individuo, una clase, un organismo social, ya el gobierno en representación del Estado. Junto a la enseñanza oficial conviene que florezca la enseñanza privada” (Aguayo, 1934). Es decir, la implantación de un modelo totalitario implica la subordinación de la educación y su conversión en instrumento para el adoctrinamiento ideológico.

 

La sustitución de la educación por la instrucción ideologizada condujo a la pérdida de la condición de ciudadano, su conversión en el “hombre nuevo”, es decir, en masa, caracterizada por la fidelidad y subordinación a la elite gobernante.

 

Miles de estudiantes y trabajadores que no se sometieron a esa ideologización perdieron sus estudios y/o sus empleos, y hoy continúan perdiéndolos. La persecución al pensamiento diferente se generalizó a todos los sectores de la sociedad.

 

La imposición de la ideología contenida esencialmente en el Discurso de clausura del VIII Congreso de la UJC, está en la raíz del daño antropológico causado por el retroceso material y espiritual que sufre la sociedad cubana, desde las últimas seis décadas. Mientras, las manifestaciones masivas de decenas de miles de cubanos el 11 de julio a lo largo del país demuestran la imposibilidad de someter la conciencia, aunque la ideología se convierta en religión secular.

 

La Batalla de Ideas constituye la mejor demostración que sin base económica doméstica y sin libertades ciudadanas, es imposible conservar ningún modelo de sociedad; mucho menos, si ese modelo es ajeno a la naturaleza del ser humano.

 

Por último, el actual presidente, ante una crisis aún más profunda, ha recurrido en su discurso al empleo del concepto “batalla de ideas”.

 

Los intentos por homogeneizar el pensamiento apuntan contra la cultura y la identidad nacional. La cultura, definida por Jorge Mañach (2001), como el cultivo de lo humano en el hombre y por José Ortega Y Gasset (2002) como sistema vital de las ideas en cada tiempo, sufrió en Cuba el perjuicio de la educación subordinada al poder. El empleo de la instrucción, como instrumento de la ideología, es uno, sino el peor, de los daños ocasionados por el totalitarismo cubano, tal como se demuestra en el Discurso de clausura del VIII Congreso de la UJC.