Discurso del 4 de julio de 1985, de Fidel Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.

El 4 de julio de 1985, Fidel Castro pronunció un discurso en el teatro “Karl Marx” con motivo de la graduación de los más de 11.000 alumnos del Instituto Superior Pedagógico, en medio de significativas circunstancias dentro de Cuba. En primer lugar, hacía pocos años se había producido el “éxodo del Mariel”, propiciando una ola migratoria de gran magnitud que debilitó el mito revolucionario por la estampida de miles de jóvenes cubanos que desertaban del proyecto “emancipador” del régimen de Fidel Castro; y, en segundo lugar, se implementaban los lineamientos económicos y sociales para el quinquenio 1986-1990, aprobados precisamente ese mismo año (Pérez Villanueva, 2008), con miras a restablecer la capacidad de pagos del país y el ahorro de los recursos disponibles, mientras se acercaba la caída de la Unión Soviética y, por consiguiente, el inicio del periodo especial.

 

La alocución del 4 de julio de 1985 estaría ambientada en un escenario social de reforzamiento de la identidad marxista–leninista, no sólo del régimen, sino también del aparato educativo que actuaba en función del mismo. Por ello, el elemento fundamental a destacar dentro del discurso del mandatario cubano es la politización de la enseñanza, mediante el control y la subordinación de la práctica docente.

 

Tras señalar el inicio de una “nueva era revolucionaria en la educación”, Fidel Castro pronunciaría algunas de las consignas que fungirían como directrices políticas e ideológicas del proyecto que lideraba. Se trataba de exaltar el carácter instrumental de los docentes, en tanto existían en virtud del “llamado del Partido… de la organización de masa, creyendo que era su deber cumplir con la tarea que les asignaran”. Se clasificaba al profesor como un adepto a la Revolución, en la medida en que los maestros cubanos existirían esencialmente por y para ella.

 

Según lo antes planteado, este discurso puede ser analizado observando dos ejes fundamentales, que serían: la fundamentación de la estrategia de formación de los futuros docentes, y la importancia de la proyección del maestro como modelo del “buen revolucionario”, dada la cooptación del pensamiento y la ideología de los educadores cubanos, al someterse a los fundamentos del socialismo.

 

En primer lugar, Castro dejaba pautada la manera en que se concebía el entrenamiento previo de los futuros docentes. Aseguraba que “únicamente pasando trabajos físicos se prepara el alma para cumplir tareas difíciles, … comprendiendo que la formación del joven , la conciencia revolucionaria que se desarrolle, al joven lo hace capaz de cualquier tarea. Y así, después, nuestros graduados de las escuelas pedagógicas fueron capaces no solo de ir a nuestros campos y a nuestras montañas - muchos de ellos procedían precisamente de allí -, sino que fueron capaces de ir a trabajar allende las fronteras…”

En segundo lugar, y en el camino hacia la concreción de la ideologización y politización de la enseñanza, a través de la instrumentalización de la labor docente, Fidel Castro haría mención en su alocución, a la “importancia del ejemplo”, haciendo alusión al actuar propio del maestro revolucionario, que no sólo debía enseñar los principios revolucionarios del régimen, sino que, además, sería ejemplo de lo que es ser un “buen revolucionario”. Es así, como además de ser un peón del Partido Comunista en su función de transmisor de la ideología marxista–leninista, el docente cubano debe ser el ejemplo del prototipo de cubano revolucionario. No se trata de un patrón genérico de buen ciudadano o de un actuar recto y moral, se trata de la impronta de un sujeto obediente y fiel que sirva de faro a sus estudiantes para emular y reproducir.

 

Tal y como se esperaba que fuese cada joven cubano, los docentes encarnaban el ejemplo de un “buen revolucionario… un buen marxista-leninista”, coartando por completo la autonomía al imposibilitarse la impartición de clases y cátedras ajenas a la ideología de la Revolución, sin recursos para omitir la ideología predeterminada por el régimen de sus contenidos, aun cuando esto significase una vulneración de su derecho a la libertad académica. A tono con lo anterior, Fidel Castro señalaría que, dentro de la Revolución, “nuestra Revolución socialista” en sus palabras, “todo el que tenga alma de pedagogo comprenderá qué maravillosa es la posibilidad de haber hecho lo que hemos hecho nosotros, y que solo es posible a través de una revolución”, aludiendo a la manera en que todo progreso en materia educativa sería alcanzado únicamente a través de los ideales revolucionarios y, por ende, la labor docente sería valorada, admisible y útil, sólo si se alineaba con los objetivos políticos del proceso revolucionario.

 

Fidel Castro se encargaría no sólo de establecer las pautas y lineamientos en torno a la conducta y el actuar del docente revolucionario, sino que, además, fijaría la ideología propia del docente revolucionario, cooptando la libertad de pensamiento al someterla, de manera autoritaria, a la ideología socialista que promulgaba. Además de reprimir la ideología, el gobernante señalaría “el magnífico espíritu de nuestros maestros y profesores, de nuestro personal docente, su espíritu revolucionario, su espíritu patriótico, su espíritu internacionalista”, y concluiría recordando el deber que tenía cada uno de ellos de ser los “portadores y pioneros de ideas nuevas y revolucionarias”, en cumplimiento además, de lo que señalaría como “nuestros sagrados deberes internacionalistas”.

Este discurso, como otros ya presentados en informes anteriores, contiene las bases conceptuales de décadas de persecución de todo aquel docente que no se ajustase al molde del “verdadero maestro revolucionario”. En términos generales, la total subordinación del cuerpo docente al proyecto revolucionario y la ideologización de la educación, terminaría por omitir la existencia de garantías sobre los profesores señalados como disidentes, opositores, e incluso contrarrevolucionarios, dado que deberían ser expulsados, quedando totalmente al margen del sistema, en tanto no cumplían con los parámetros ideológicos establecidos por Fidel .

De acuerdo con los argumentos analizados dentro de los ejes expuestos con anterioridad, el discurso de 1985 complementa las normativas y las prácticas de exclusión que llevan a la violación del derecho a la libertad académica en las universidades cubanas, derecho consagrado en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, artículo 13, la Declaración Universal de Derechos Humanos, artículo 26, la Observación General N° 13 del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la Organización de las Naciones Unidas, el Protocolo de San Salvador, artículo 13, y la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, artículo XII. Por su parte, el derecho a la autonomía universitaria, contenido en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, artículo 13, la Declaración Universal de Derechos Humanos, artículo 26, la Observación General N° 13 del Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la Organización de las Naciones Unidas, el Protocolo de San Salvador, artículo 13 y la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, artículo XII, sería omitido, a causa de la universalización de los ideales y las cátedras marxista-leninistas en todas las instituciones de educación, en comunión con el llamamiento permanente y exclusivo de los docentes considerados como verdaderos revolucionarios.

En suma, la idea sobre la ideologización de la enseñanza en Cuba, a través del control de la práctica docente y la cooptación de su pensamiento, ideología y discernimiento, ha implicado por años, vulneraciones y el no reconocimiento al derecho a la libertad de pensamiento, conciencia, culto o religión, implícito en la Declaración Universal de Derechos Humanos, artículo 18, el Pacto de Derechos Civiles y Políticos, artículo 18, el Pacto de San José, artículo 13 y la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, artículo IV; en tanto el marxismo–leninismo es visto como la única ideología aceptada y tolerada dentro de las instituciones educativas cubanas, tributando a que los maestros sean clasificados de acuerdo con valoraciones políticas, que condicionen su rol de veedores de que cada estudiante cubano, en aras de la promoción de la ideología garante de la defensa de la Revolución.