Sesgos ideológicos en los discursos pronunciados por el Presidente de la República de Cuba los días 11 y 17 de julio de 2021, con motivo de las manifestaciones pacíficas antigubernamentales ocurridas en el país

“¡La orden de combate está dada! ¡A la calle los revolucionarios!” Estas palabras son asumidas aún con incredulidad y asombro por muchos cubanos. Las pronunció el Presidente de la República de Cuba en la tarde del 11 de julio de 2021 frente a las cámaras de televisión en cadena nacional. No era un llamado a la lucha contra una invasión extranjera, sino la convocatoria a las fuerzas del régimen y sus simpatizantes para que llevaran a cabo acciones represivas contra decenas de miles de manifestantes pacíficos que desde hacía unas horas inundaban las calles de numerosas ciudades y pueblos de la isla.

 

La represión fue especialmente dura y conllevó muertes, lesiones, detenciones y desapariciones forzosas a lo largo de varias semanas. En el momento de redactarse este informe, casi ocho semanas después, los detenidos se contaban aún por cientos.

 

El asombro y la incredulidad de muchos respecto a las palabras del Presidente, que algunos no dudaron en calificar como llamado a la guerra civil, no pueden explicarse sino por el desconocimiento de lo que ha sido la historia del régimen cubano desde 1959. Aún camuflada en el lenguaje demagógico y el descarnado adoctrinamiento, la veta represiva del castrismo ha sido visible desde sus orígenes. El discurso del presidente Miguel Díaz-Canel no puede sorprender en tanto su premisa se encuentra enraizada en la esencia del régimen instaurado por Fidel Castro, del cual el propio gobernante insiste en ser continuidad.

Antes de analizar las palabras del actual presidente, veamos cómo se han manifestado en la historia algunos de estos rasgos que se expresan en su discurso y forman parte de la propaganda y accionar del castrismo en su devenir histórico.

 

Uno de los momentos notorios respecto a la exposición de estas ideas ocurrió el 11 de diciembre de 1964. Después de haber hablado frente a la Asamblea General de la ONU y mientras ejercía su derecho a réplica, Ernesto Guevara, alias “Ché", representante del gobierno cubano, diría: “Nosotros tenemos que decir aquí lo que es una verdad conocida, que la hemos expresado siempre ante el mundo: fusilamientos, sí, hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario. Nuestra lucha es una lucha a muerte. Nosotros sabemos cuál sería el resultado de una batalla perdida y también tienen que saber los gusanos cuál es el resultado de la batalla perdida hoy en Cuba.”

 

La frase es importante porque revela algunos de los elementos esenciales de la estrategia en el uso del poder que el castrismo no ha cambiado en casi 60 años: su determinación a aferrarse y monopolizarlo es tal que se expresa como una lucha a muerte frente a un enemigo previamente deshumanizado al que no en balde se llama despectivamente “gusano”.

A lo largo de las más de seis décadas estos principios han permanecido invariables y forman parte del núcleo duro de la planificación política del gobierno, lo cual se hace especialmente visible en esos momentos de crisis donde se manifiesta el descontento y la oposición de una parte sustancial de la ciudadanía.

 

El primero de mayo de 1980, Fidel Castro pronunció un discurso en la Plaza de la Revolución. Acababa de producirse la llamada “Crisis del Mariel" durante la cual decenas de miles de cubanos abandonaron la isla en dirección a los Estados Unidos en medio de un ambiente opresivo signado por los “actos de repudio" y otras formas de humillación pública practicados contra los que intentaban emigrar.

En su discurso, Castro expresaba otro de los principios básicos de su propaganda: si algún motivo de insatisfacción podían tener los cubanos respecto a las condiciones materiales o de otra índole, la culpa de ningún modo correspondía al gobierno cubano sino más bien a algún factor externo, principalmente los Estados Unidos y sus políticas hostiles a la “Revolución” específicamente el “bloqueo". Estas “insatisfacciones”, por demás, debían ser soportadas con estoicismo por los verdaderos “revolucionarios”:

 

“Quien no tenga genes revolucionarios, quien no tenga sangre revolucionaria, quien no tenga una mente que se adapte a la idea de una revolución, quien no tenga un corazón que se adapte al esfuerzo y al heroísmo de una revolución, no lo necesitamos en nuestro país y son en definitiva una parte insignificante del pueblo…”

 

Toda actitud que se apartara del consentimiento pleno respecto a la “Revolución” y la aceptación absoluta de la acción gubernamental era, por consiguiente, descalificada del modo más despiadado y aquellos que no se adaptaran al “esfuerzo y el heroísmo" quedaban reducidos a la condición de lumpen, de gusanos.

 

“… la inmensa mayoría de la gente que estaba allí era de ese tipo: lumpen. Algún flojito como dijo alguien, algún descarado que estaba tapadito. Ustedes lo saben, los Comités saben eso bien, mejor que nadie, saben que alguna gente de esa se coló también, que por cierto, son los que producen más irritación, los simuladores”.

Otro elemento esencial del discurso del régimen consiste en hacer de ese enemigo deshumanizado -de ese lumpen, de esos gusanos, de esos flojitos, tapados y simuladores que fingían ser revolucionarios- agentes al servicio de una potencia extranjera, los Estados Unidos, o al menos, sus admiradores abyectos.

“… el lumpen, es el único aliado potencial del imperialismo; y algunos que tienen mentalidad de lumpen o se confunden con el lumpen, sencillamente; pero es el único aliado potencial que le queda al imperialismo, y de ahí es de donde tienen que empezar a inventar sus refugiados, sus asilados, sus disidentes”.

 

El 5 de agosto de 1994, se produjo en La Habana el llamado “Maleconazo": una protesta popular que fue duramente reprimida y disuelta en pocas horas y que desencadenó una nueva crisis migratoria con visos de catástrofe humanitaria. Al año siguiente, sería convocada una “Marcha Juvenil Contra el Bloqueo" para conmemorar la “victoria” contra la protesta popular. Fidel Castro pronunciaría un discurso en el que recordaría los hechos.

 

“No se puede decir que aquello fue siquiera un intento de rebelión, fueron en realidad desórdenes. Esos desórdenes se crearon alrededor de grupos que se movilizaban para robar embarcaciones con las cuales trasladarse a Estados Unidos, donde eran recibidos como héroes”.

 

Según se formula, no se trata solo de personas que reciben o esperan el apoyo de los Estados Unidos, sino de una minoría exigua y desorganizada totalmente incapaz de generar una verdadera rebelión.

“Pero siguiendo nuestra filosofía de que aquí el pueblo es revolucionario y está y estará con la Revolución en cualquier circunstancia, no nos íbamos a dejar provocar (…) nosotros no tenemos por qué emplear las armas, teniendo el pueblo y teniendo las masas para mantener la estabilidad de la Revolución”.

 

En otras palabras, se da por sentado que el pueblo revolucionario es mayoría aplastante y que la represión de la disidencia ni siquiera requiere que las fuerzas del régimen se empleen a fondo, aun cuando es sabido que la reacción contra los manifestantes del 5 de agosto fue brutal, que la válvula de escape que encontró el gobierno fue facilitar que miles se lanzaran al mar arriesgando su vida y que se emplearon masas obreras para “mantener la estabilidad de la Revolución”. Se vadeaba el peligro siempre latente de un conflicto civil.

 

Recapitulando, el discurso oficial, mantenido consistentemente a lo largo de seis décadas, se basa en los siguientes puntos:

 

  1. Las “insatisfacciones” materiales o de cualquier índole de la población se deben, fundamentalmente, no a la incapacidad del gobierno, sino a los efectos de la hostilidad de los Estados Unidos contra Cuba.

  2. Cualquier manifestación de disidencia u oposición debe ser suprimida despiadadamente porque constituyen una amenaza de muerte a la “Revolución”.

  3. La mayoría del pueblo apoya incondicionalmente a la “Revolución” y está dispuesto a defenderla a cualquier precio.

  4. Los que se atreven a disentir u oponerse son una minoría dentro de la sociedad, tienen dudosas o pésimas condiciones morales y están al servicio o prestos a servir a una potencia extranjera.

Este sería el guion de la intervención televisiva de Miguel Díaz-Canel en la tarde del domingo 11 de julio.

 

En un largo preámbulo, explicaría cómo los efectos combinados de las políticas de los Estados Unidos y la pandemia habían llevado al país a una situación crítica, pero agravada, en la percepción del cubano medio, según él, por campañas de desinformación y manipulación en las redes sociales por parte de “elementos inescrupulosos” al servicio de intereses “contrarrevolucionarios".

 

Luego, describiría someramente la situación que se había producido en el país desde esa mañana: las manifestaciones en San Antonio de los Baños y otras localidades. Clasificaría a los manifestantes en dos grupos: por un lado, los revolucionarios confundidos a los que era posible apaciguar y por el otro los mercenarios y delincuentes sobre los que debía caer el peso de la represión.

 

Esta distinción, sin embargo, tenía fines exclusivamente propagandísticos, puesto que las fuerzas represivas no distinguieron entre unos y otros, como demuestra el testimonio, por ejemplo, de los numerosos estudiantes universitarios que se manifestaron pacíficamente y aun así fueron objeto de acoso, humillaciones, golpizas y, en general, de las represalias más despiadadas.

 

Por último, haría un llamado a que el “pueblo revolucionario" saliera a hacerle frente a los que protestaban, en una clara invitación al uso de la violencia. El énfasis en este punto por parte del presidente es incuestionable, la nefasta frase que encabeza este análisis no fue pronunciada durante su intervención principal sino al cierre de la transmisión en cadena cuando la periodista que moderaba preguntó si el presidente deseaba señalar algo más.

 

El 17 de julio, fueron convocados por el gobierno actos de “reafirmación revolucionaria” en varias localidades del país, a pesar de que el Presidente de la República había calificado de irresponsables a los manifestantes del 11 de julio por salir multitudinariamente a las calles en medio de la situación sanitaria creada por la pandemia.

En el acto convocado en La Habana participó parte de la jerarquía gubernamental, incluido Raúl Castro. El Presidente Díaz-Canel leyó un nuevo discurso en el que retomaba y profundizaba parte de las ideas que había expresado el 11 de julio, así como las que ya venía elaborando y comunicando en los medios de difusión masiva, monopolio gubernamental y la maquinaria propagandística del régimen.

 

Otra vez reafirmó la idea de que Cuba era objeto de una campaña difamatoria en las redes sociales, desde la Florida con financiamiento del gobierno de los Estados Unidos para difundir “la mentira, la infamia y el odio” con el objetivo de “alentar disturbios e inestabilidad en el país, aprovechando las difíciles condiciones provocadas por la pandemia, el bloqueo recrudecido y las 243 medidas de la administración Trump”.

Añadió que personas inescrupulosas “realizaron en esos días actos de guerra no convencional que incluyeron llamados al estallido social, a la violencia, a la agresión a agentes policiales, al vandalismo y al sabotaje”.

 

Y, en general, dedicó la primera parte del discurso a resaltar que los sucesos del 11 de julio tenían su origen fundamental en una conspiración orquestada desde fuera del país con el apoyo de la administración norteamericana.. El “bombardeo mediático” propiciado por esa conspiración había creado una imagen distorsionada de la realidad que había confundido a muchos –tesis del revolucionario confundido— y le había creado la oportunidad a otros para instigar las protestas -tesis de la minoría mercenaria— guiados por un supuesto manual de guerra no convencional.

 

Pareciera que el único aporte de Díaz Canel al discurso tradicional del régimen es esta idea del revolucionario confundido, pero más que un aporte, es la coartada que impone la realidad a la maquinaria propagandística frente al hecho indudable de la masividad de las protestas y a la exigencia doctrinal de que la mayoría del pueblo tiene que ser clasificada como “revolucionaria”.

El concepto de “revolucionario confundido” es la consecuencia necesaria de tener que conciliar la realidad incuestionable de las multitudinarias protestas con la exigencia estratégica de una mayoría que respalde al gobierno cuya existencia, por demás, no puede ser comprobada, ni refutada, más allá de toda duda razonable.

 

En los demás aspectos, el discurso es coherente con la tradición: la nefasta influencia externa responsable de todas las vicisitudes, la conspiración coordinada o no con la minoría opositora mercenaria, el aplastamiento despiadado del disenso por la acción del pueblo revolucionario –si bien concediendo la existencia de un sector confundido que inicialmente se unió a las manifestaciones.

 

La estrategia elegida por el gobierno que se vislumbra en estos discursos es consistente con la que podemos definir como su naturaleza esencial y ha tenido, tiene y tendrá consecuencias catastróficas para el ejercicio de los derechos fundamentales por parte de los habitantes de la isla.

 

En el plano de las libertades académicas, significa no sólo atacar y reprimir a aquellos estudiantes y profesores que se atrevieron a manifestar su inconformidad con el desastroso estado de cosas en el país, sino desatar en el claustro y el aula universitaria la persecución política y la coacción ideológica que han sido recurrentes desde la etapa inicial del proceso revolucionario porque no se trata de fenómenos nuevos, sino revitalizados.

 

La orden de combate está dada con carácter permanente desde que comenzó a construirse el estado represivo y totalitario hace más de seis décadas.